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La alegria y su rostro severo

El humor, qué duda cabe, ayuda a vivir. Es sabido que Jorge Mario Bergoglio suele practicar este saludable deporte verbal con asiduidad. En eso se homologa a otro compañero de su orden, la Compañía de Jesús. Se trata de Leonardo Castellani, un prócer literario mudo por su talante político y eclesiásticamente incorrecto.

Se han trazado algunos paralelos entre ambos. Ciertos rasgos castellanianos se perciben en distintos registros de Bergoglio. Castellani, admirado por el Papa, fue un verdadero maestro del sarcasmo. Chesterton fue otro talento que despertó la admiración de Borges. El jacarandoso británico fue también un prestidigitador de la ironía.

Precisamente, un personaje ficticio del escritor jesuita, el cura argentino Pío Ducadelia, protagonista de uno de sus más logrados libros, se adelanta proféticamente a la actualidad al ser designado en la sede pontificia, algo pensado hace poco tiempo.

La novela es en realidad una excusa, como suele ser usual en Castellani, para trazar una punzante y divertida crítica a las estructuras organizativas de la Iglesia católica. Aunque leida, resultó más ilustrativo que un tratado de sociología eclesiástica.

A medio siglo de distancia, lo asombroso es la similitud entre Bergoglio y Ducadelia, porque ambos se plantan objetos similares igualmente combatidos por los mismos intereses: una Iglesia menos jerárquica y más participativa, despojada de ornamentaciones seculares, más intento a las realidades sufrientes de cada ser humano y fiel testimonio de un verdadero espiritu de pobreza.

Es una Iglesia sin categorías sociales, una Iglesia de todos. Una Iglesia menos dependiente de los recursos mundanos que recupera su carisma original que es la alegría de evangelizar. Esta sensibilidad ya está en el origen de la historia. Cuando el ángel se apareció a la Virgen para anunciar la encarnación, se dirigió así a María: «alégrate, llena de gracia».

Un aspecto de la personalidad de Francisco, quiz menos advertido, es su dimensión de la alegría. Ella contrasta con el rostro severo y adusto que casi siempre lo identificó antes de su elección. No es que no sufra, desde las dolencias físicas hasta las inclemencias del cargo, pero su talante es alegre.

Lo cierto es que no solo se trata de una transformación en el carácter o en el semblante, sino que hay aquí doctrinales de carácter rigurosamente teológico y específicamente evangélico que conviene considerar. La alegría cristiana no es una alegría fisiológica de animal sano, define a un autor espiritual.

Desde sus tramos iniciales, en la carte programática de su pontificado que lleva por significante título «La alegría del Evangelio» (Evangelii Gaudium en su original latino), Francisco esboza el perfil del cristiano que requiere la nueva evangelización de una sociedad abandónica de sus raíces espiritual. Es un espíritu que anuncia una buena noticia. Evangelio, recordémoslo, significa buena nueva, la buena noticia.

Allí dice: la salvación que anuncia gozosamente la Iglesia es para todos. Si algo especifica al amor, que es el corazón del cristianismo, es que se alegra en el bien del otro. Amar al otro es para el Papa hacer propios tanto sus dolores como sus alegrías, esto es, es compartir la vida que es un entramado de ambos.

Francisco es el primer papa de la época, posiblemente no participó del Concilio Vaticano II (1962-1965) pero su pontificado es una fiel representación de sus enseñanzas. El concilio superó un cristianismo estrecho, normativista y rigorista, ausente de alegría. Uno de los documentos centrales del Concilio lleva por un número “Las alegrías y las esperanzas” (Gaudium et spes).

En Evangelii Gaudium las citas de los profetas exultantes en su amor divino reiteran de una manera sobreabundante, donde Dios es concebido como un centro luminoso de fiesta y alegría. En este documento de carácter liminar, el Papa no se cansa de exhortar a sus hijos a la «dulce y consoladora alegría de evangelizar». Esta sensibilidad se despliega a lo largo de todo su pontificado, al punto que una llamativa cantidad de sus documentos más importantes lleva en su título la palabra alegría. Francisco nos invita a celebrar la vida como el adelanto de un gozo que no tiene fin.

*Profesor de Doctrina Social de la Universidad Austral y miembro del Consejo Argentino para la Libertad Religiosa y del Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa.

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Por Juan José Medina